Debe haber alguna clase de empatía entre las letras que imitan lo que ha sido profanado por la vista y retorcido por los oídos. Sin embargo, siempre existe un toque de verdad entre cifrados tan particulares como los escrito. Por mi parte yo no hago más de lo que ya está hecho; no considero un acto conformista mi tranquilidad pero ya ha pasado largo tiempo sin tener que hacer más que escuchar a la vida.
Hay ocasiones tan perfectas, que el tiempo se paraliza con la palabra de un sabio y todo se vuelve un segundo extendido. Mi oído atiende a su consejo, mis ojos beben su verdad y mi mente funciona como un estudio de cine con la promesa de una gran obra. El sonido se pausa para que mi sentido recree el soundtrack perfecto, unos cuantos filtros con escala de azules y grises, un primer plano desde las alturas, enfoque de siluetas, sombras y finalmente un juego de luces que recreen la trama perfecta.
En la primera escena no existe más que el mundo de ella, un ser desconocido, algo joven, tierno y tímido. Seguramente tiene un rostro ideal; piel blanca, cabello liso-castaño, labios carmesí, pómulos ruborosos y dentadura recta. Por otro lado, su coprotagonista le responde a su sonrisa. Atento, seguro y un toque de gracia le hacen el hombre de sus noches .De piel morena, cabello oscuro-corto, ojos oscuros, pómulos redondos y dentadura de riel… de seguro no habrían sido escogidos para chocarse ante mi vista y hacer de este momento una pantomima, pero parecen ser el reparto ideal.
Rápidamente mis guionistas mal pagados trabajan en una historia que encaje entre lo real y lo imposible, el lio de todo buen drama. La segunda escena empieza con un balance sincronizado de manos y dedos. Se sostienen en el aire hasta llegar a sus rostros. Sonríen, se besan y como un acto kamikaze, él, resbala su mano sin paracaídas para peinarle el miedo; ella agacha su cabeza, y como una especie de venia él recibe su encanto. Todo parece ser capturado en 1080p, y mis cámaras son atrevidas, sagaces, o quizá este sea un silencio que merece ser oído.
Finalmente, el tercer acto está listo para empezar. Sin cortes, ni pausas o algún otro chance para rodar, él, recibe su rostro entre sus almohadas y con un silencio sepulcral mira entre sus cejas… ella solo tenía un ojo, pero le sonreía tan profundamente que pareciese que su vista no le desconociera. Sus sentidos le pertenecen a él, y todo lo que emana su esmeralda es la magia que celosamente esconde el tiempo. Su tuerto tiembla con ganas de abrirse solo para hacerlo infinito; ese instante que se roba mi conciencia y da un respiro a mi alma se convierte en un sublime recuerdo que quedará marcado en un rollo de agua que seguro me hará el ganador de un Oscar… ese segundo se hará el rayo de luz que despeje mis tinieblas. Y aquellos vacíos que no narre mi cortometraje se perderán en mi alma como esa magia que me habla en la lejanía; esa voz que escucho que me lo facilita todo. Es esa muestra divina que me enseña cómo sobrevivir dentro de esta jaula mortal en donde mi silencio hace historia.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario