viernes, 18 de noviembre de 2016

Allegro giocoso, ma non troppo vivace


Que se siente escuchar la lluvia que producen las manos de miles de rostros no identificados. Cada uno de ellos más borroso cuando se mira al fondo pero ninguno de ellos pierde el sentido de su tacto cuando golpean al aire. Un escenario  oscuro cuyo eco espanta al silencio ruega por éxtasis; cornos, trompetas, violines, cellos, contrabajos,  timables, platillos, arpa, piano y batuta en mano... cada caricia rompe las disonancias entre el amor y el odio. Y  mi oído tiembla como si unos labios cálidos me besaran el cuello. Cada vello siente lo que mi alma entiende pero que no tiene lógica. 

Supongo que las noches fueron hechas para cantarse y las sillas para enterrar a los cuerpos. Miren como se eleva el sonido con las horas y las notas con sus musas. Blanca a mi lado, se haya un fantasma de impacientes miradas. Se unde en las graves y se despierta en las agudas. Duerme con los ojos abiertos y yo escucho con los míos vendados. Sosteniendo el boleto entre mi anular y el corazón, veo salir la luz entre mis dedos. Ahí, justo en frente de mis cejas se evapora el olvido. 

Solo pensaré en el arduo trabajo de sus dedos, en  sus días cautivos y en su ambiciosa perfección para sentirme culpable de no provocar un diluvio en el escenario. Donde no se ven las estrellas los ángeles escuchan sus aullidos... quizá no puedan ver nuestra sonrisa, conformense con nuestros aplausos.   

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